Sunday 3 January 2010

Blood



It's been a long time... But hey... I'm trying.... I hope you like it n.n


Scoff miró sin interés el reloj que marcaba la hora de la siguiente operación. Una operación muy sencilla, por cierto, sólo era cuestión de una hora… Quizá minutos. Nada complicado para el joven doctor de 27 años. Tenía que dirigirse hacia la sala de operaciones 2.

Los blancos y aburridos pasillos parecían cerrarse conforme daba más pasos hacia la sala de operaciones, donde la paciente con otros 5 doctores esperaban al cirujano cabecilla. Su cabello rizado y ya bastante largo, parecía rebotar en su cabeza mientras caminaba, cosa que adoraba.

Por alguna razón, le pesaba más de lo habitual el revólver que cargaba, atascado en el cinturón para que no se cayese.

Este hecho no le importó en absoluto, y palmeó unas cuantas veces el mango del arma que sobresalía del cinturón, sintiéndose orgulloso de cargar tal belleza.

La luz de la sala le lastimó los ojos al entrar, y los doctores hicieron caso omiso de su llegada. Se limitaron a seguir hablando entre ellos, y una de las doctoras le dedicó una mirada de asco a Scoff, y éste se la devolvió con placer. Sin querer, volvió a palmear el revólver, que se escondía debajo de la blanca bata.

*Cerda sucia* Maldijo para sus adentros.

La paciente estaba acostada en la camilla, impasible e indiferente ante la situación, sintiendo los efectos de la droga correr por su organismo para dormirla y operarla de una vez por todas. Movía la cabeza de vez en cuando, y miraba apáticamente a los doctores, que no dejaban de platicar entre sí.

Scoff caminó hacia los lavamanos, donde se encontraba otro doctor, enjuagándose el jabón de los dedos.

Abrió la llave y la fría agua empapó sus temblorosas manos.

El doctor ni siquiera lo percibió.

A veces, Scoff tenía la impresión de ser invisible. Pero no dudaba de su astucia, de la ventaja que tenía ante todos ellos por tener un arma en el cinturón, por ser el cabecilla, por estar ahí mismo donde pertenecía, por ser él mismo. Aunque no siempre le bastaba con ser él mismo. Los momentos de soledad llegaban con violencia y sin aviso. Todos esos idiotas en el cuarto eran extraños, diferentes a él. La medicina era todo en ese edificio, y no había nada más adelante. Eso lo asqueaba un tanto, vivir para una materia se le antojaba patético.

*Es mejor vivir por la sangre* Lo atajó un pensamiento impuro y extraño, pero que encajaba perfectamente con él.

Se concentró de nuevo en el jabón y reparó en que el doctor que antes estaba de lado de él se había unido a la plática de los demás.

Frotaba sus manos y el agua limpió toda la suciedad. El líquido se tornó rojo, espeso. Sangre en sus manos, deliciosa sangre en sus manos.

Parpadeó dos veces, pero sin respingar. Sabía que llegaría el momento de volverse loco, pero no sabía que de una forma tan original. El agua volvió a ser agua.

*Sangre…* Pensó.

El murmullo de los doctores se hizo más intenso, y empezaba a molestarle. Se dio la vuelta, secándose las manos con una toalla y decidió dar inicio a su trabajo.

-Ya, cállense todos-Dijo en voz más o menos alta y todos callaron.

Todos menos la mujer con cabello negro y largo, a la que Scoff había odiado desde la primera vez que le habló.

Él levantó una ceja en signo de irritación y ella entrecerró los ojos. Su cara le daba asco, igual que su existencia. La definía como orgullosa, excéntrica, egoísta y arrogante. Un jugoso trozo de carne al cual dispararle.

*Y la sangre* Pensó mirándola, sintiendo como ardía el revólver en el cinturón, rogando por ser usado.

La paciente se removió en la cama, y todos recordaron por qué estaban ahí. Para efectuar un trabajo.

Formaron un círculo alrededor de ella, y la observaron para revisar si ya estaba lista.

-No le falta mucho para dormirse, es cuestión de segundos-Dijo un doctor rubio que se encontraba de lado izquierdo de Scoff.

-Sí- asintió él.-Por cierto-Agregó-¿Qué íbamos a hacer con ella?

-Se intoxicó-Contestó otra doctora de ojos ámbar-Comió algo en estado de fermentación.

-Ah-Dijo Scoff.

Se detuvo unos segundos a ver a la paciente, no tenía más de 26 años y la piel tenía un tono verdusco gracias a la náusea. El artefacto que se utilizaba para dormirla le tapaba la nariz y la boca, pero podía distinguir sus facciones, y le parecieron familiares.

En la muñeca derecha tenia atado un cordón negro con una figura que parecía ser… Bueno, no estaba seguro de lo que era, pero intuía que era un animal, quizá una tortuga muy mal diseñada, o algo por el estilo.

El corazón le empezó a latir a velocidades extraordinarias, haciendo que su respiración se acelerara y le aparecieran gotitas de sudor en las sienes.

Nadie se movió.

Scoff acercó su rostro al de ella, y le quitó el utensilio para verla mejor. Los ojos le brillaban, y se abrían cada vez más conforme se acercaba.

Ella volteó la cabeza con gesto ausente y abrió con extrema lentitud los ojos.

Scoff creyó escuchar que alguien preguntaba su nombre, pero no le importó, puesto que era más importante lo que estaba a punto de descubrir que cualquier otra cosa.

Vislumbró sus ojos cafés, como los suyos, y supo que era ella, y que había acabado todo. El revólver calcinaba su piel por debajo de la bata, matándolo de dolor y placer al sentirlo.

*Y la sangre…* Pensó por última vez.

Ella abrió los ojos como platos, mirando el enloquecido brillo de los de Scoff tan cerca de ella. Y sabía quién era, y sabía que iba lo a suceder después. Era el final, era el final de todo.

-Tú…-Dijo ella con voz sofocada, inaudible.

Scoff tomó delicadamente su mejilla, con la delicadeza de un amante, y acercó sus labios a su oído. Ella quedó paralizada. Realmente, todo estaba paralizado en ese momento.

Deslizando una mano criminal hasta la bandeja donde estaba el bisturí, suavemente le dijo:

-¿Te acuerdas de mí, Abi?

Y el corazón pareció detenérsele en ese mismo momento. Abi sabía que… De esas palabras, ya no iba a haber más para ella. Y muy probablemente, para nadie en la habitación.

Scoff se lamió los labios.

Con agilidad, llevó el filo de bisturí hasta el cuello de Abi, y empezó a cortar, lentamente. El éxtasis lo embargó por todo su cuerpo, la sangre empezaba a brotar espesa y roja, tan bella, tan deliciosa.

Un grito de horror despertó a Scoff del trance y sintió como unas manos despreciables trataban de arrancarlo del cuerpo que con placer seccionaba.

El doctor rubio se abalanzó sobre él. Y el revólver de repente estaba ahí, en su mano.

Fue un disparo hermoso y limpio, no hubiera pedido más. Casi pudo escuchar el crujir de los huesos del cráneo del doctor al romperse por el paso de la bala. Un golpe en la cabeza, uno divino.

Los gritos no paraban. Y deseo callarlos.

Otro de los doctores, uno moreno intento hacer lo mismo que el primero, pero corrió la misma suerte. El disparo no fue tan bueno como antes, pero sirvió para matarlo, y también para complacer su sadismo. Con el cuello destrozado, el hombre cayó al suelo desangrándose.

*Pero yo no quiero esa sangre* Pensó mirando cómo se pintaba el suelo de rojo.

Faltaba un doctor y dos doctoras. A una la deseaba matar con toda el alma, por eso sería la última.

Calló por fin a los gritos, disparándole en el pecho a la mujer de los ojos ámbar, que no se callaba. Y la sala quedo en silencio. Su bata estaba salpicada de sangre, y la cara también. Scoff daba terror ese día, Scoff difícilmente era humano. Se lamió la sangre que tenía cerca de los labios y disfrutó.

La mujer odiosa de cabello negro yacía parada contra la pared, llena de sangre y con ojos anegados en lágrimas. El hombre que faltaba estaba bastante cerca de la puerta, a punto de salir.

-Ni se te ocurra por un segundo-Le dijo Scoff a éste.-De todas formas te voy a matar.

-¡No creas que pue…!

Scoff ni siquiera le molestó en darse la vuelta y le disparó, callándolo para siempre. Sólo se quedó mirando a ella, con una sonrisa indescriptiblemente atroz en los labios.

-Buenas noches. Perra.-Dijo por fin.

Y disparó. El disparo fue aún mejor que el primero… justo en la frente, dejándole un hoyo excelente y perfecto marcado para siempre, en su sucia y asquerosa cara. Estaba casi satisfecho.

Y todo eso pasó en menos de 2 minutos.

La sangre ya empezaba a manchar las sábanas cuando volvió con ella, a terminar con su trato.

Se veía pálida y sufría.

Scoff miró con fascinación ante la hermosura de la situación, teniendo a su cuerpo sangrante tan cerca y tan suyo. Sin dudarlo ni un segundo más, comenzó a beber.

El sabor de su sangre en su lengua no fue nada menos que un auténtico momento en el cielo, sabía que no podría parar, y no planeaba hacerlo hasta morir.

Sí, hasta morir.

Su cuerpo perdía lentamente su vida mientras Scoff bebía, sumergido en el placer. Antes de terminar, sintió como la débil mano de Abi se posaba en su cabeza, técnicamente acariciando su cabello. Sufría horrores.

-Ya casi, no te preocupes-Le dijo a la muchacha, enseñándole los dientes rojizos.

Tomó hasta saciarse. Y después notó que Abi ya no hacía ese movimiento inútil y miserable con los dedos, enredándose en su cabello rizado.

Ella ya no vivía, y eso era algo que Scoff no podía tolerar. Y aparte, ése era el plan, ¿no? Cuando Abi dejará de existir, su asesino la seguiría.

Estaba lleno, satisfecho, pero destrozado. Cualquiera hubiera pensado que decir “te amo” hubiera bastado. Pero esa era la manera de amar de Scoff, así terminaría todo.

Tomó el hermoso revólver que con tanto orgullo había cargado por tantos años, y apuntó a su deshonrada cabeza. La última bala le atravesó el cráneo. Y nadie sobrevivió ese día en la sala de operaciones 2. Nadie.